A Paris en Seat 600

Carlos 1972
luis Miguel 1972
Era junio de 1972. Mientras España seguía bajo el peso gris de la dictadura, Luis Miguel y yo —compañeros de pupitre, de ascensiones a la montaña y de peligrosas reuniones en la clandestinidad— sentíamos que Madrid se nos quedaba pequeño. Necesitábamos beber vientos de libertad, y el aire que buscábamos soplaba desde el norte.

El Seat 600 que mis padres habían comprado el año anterior y del que ya me sentía dueño absoluto, era nuestro salvoconducto. Con la gasolina de 85 octanos a apenas diez pesetas el litro, llenar el depósito era casi un trámite. Pusimos rumbo a París con el corazón en un puño y la ilusión desbordada. Al cruzar la frontera, la euforia nos venció: a voz en grito y desafinando, cantamos la Marsellesa como si cada nota fuera un hachazo a las cadenas que dejábamos atrás.

Llegamos a París de noche, perdidos entre luces y un idioma que apenas masticábamos. Las guías hablaban de un camping en el Bois de Boulogne, así que paramos a un viandante.—Tout droit, tout droit jusqu’au le premier feu rouge —nos soltó con naturalidad.

Nosotros, con nuestro francés de supervivencia, seguimos «todo recto» buscando desesperadamente una hoguera, un fuego rojo que nos indicara el camino. Por supuesto, nunca encontramos tal fogata y acabamos, por puro azar, en el camping de Versalles. Allí, cada mañana, nuestro despertador no fue el sol, sino el eco solemne de los ensayos de las trompas que resonaban por todo el recinto.

París era un sueño de asfalto libre. En aquella época se podía aparcar en cualquier rincón; incluso dejamos el 600 al pie de la mismísima Torre Eiffel o junto al muro del Palacio de Chaillot, para luego perdernos a diario en el metro desde Trocadero. Visitamos los Inválidos y recorrimos cada bulevar, pero nuestros pasos siempre terminaban en Pigalle. Nuestra economía no daba para lujos, así que el pollo con patatas fritas se convirtió en nuestro menú sagrado, lo único asequible para dos españoles en busca de mundo.

Un día, mientras descansábamos en un parque, un anciano de mirada curtida se nos acercó. Debió de notar nuestro acento.—¿Españoles? —preguntó. Asentimos. Su gesto se volvió adusto, casi amenazante, y con una urgencia que nos heló la sangre soltó:—¿Franquistas? —¡No, no… claro que no! —respondimos casi al unísono.

En ese instante, el hombre se transformó. Nos estrechó en un abrazo fraternal y, emocionado, empezó a relatar historias de la Resistencia. Hablaba y hablaba, y aunque solo entendíamos la mitad de sus palabras, comprendimos perfectamente su sentimiento.

Pero no todo era turismo. Teníamos una misión: el contrabando de ideas. Visitamos la Librairie Espagnole en la Rue de Seine, un templo de papel donde buscábamos esos libros prohibidos de la Editorial Ruedo Ibérico que en España costaban la cárcel.

Por supuesto, también hubo tiempo para la picaresca. Nos asomamos a los cabarets de Pigalle, buscando esa bohemia de luces rojas. En uno de ellos, el camarero, compinchado con las chicas del strip-tease, insistía con una agresividad sospechosa en que invitáramos a las «madames» a una botella de champán de 200 francos. Al echar cuentas rápidas y ver que nos quedaríamos sin viaje, tuvimos que salir de allí a la carrera, casi atropellándonos.

El regreso lo planeamos con astucia: volveríamos por Andorra. Pensamos que allí la policía estaría más atenta al tabaco o al alcohol que a la literatura subversiva. No nos equivocamos. Al abrir el maletero, los guardias solo vieron montones de ropa sucia acumulada tras días de camping. Ni se fijaron en los libros y los discos que escondíamos debajo; para ellos, solo éramos dos jóvenes desaliñados volviendo a casa.

Antes de cruzar, paramos a comer un domingo en Cahors, en una fonda tradicional llena de parroquianos con sus mejores galas. El hambre nos cegaba y desconocíamos la etiqueta local de pasar las soperas y bandejas de mesa en mesa para que todos compartieran.

Cuando nos llegó la sopera, nos miramos y sentenciamos: «mitad y mitad». Prácticamente la vaciamos. Lo mismo hicimos con la carne, sirviéndonos todo lo que quedaba ante la mirada atónita de los vecinos.

El clímax llegó con el queso. En Francia es un postre, y cuando nos trajeron aquella tabla inmensa y variada, apenas hundimos el cuchillo en un pedacito, el camarero, horrorizado por nuestra falta de protocolo (o por miedo a que también lo termináramos), nos la arrebató de las manos y salió huyendo.

Regresamos a España con el 600 cargado de prohibiciones y el alma llena de un París que, por unos días, nos hizo sentir que el futuro era posible.

"...beber vientos de libertad..."

 

Un inolvidable viaje a la Europa libre

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