Recuerdo aquel 1 de mayo de 1986 como si el sol brillara de una forma distinta sobre la Casa de Campo. Paseábamos con nuestra hija de la mano, rodeados de familias y un murmullo que ya no era de miedo, sino de esperanza. Siempre codo con codo con Luismi, compañero infatigable en tantas batallas por la libertad.
Era difícil explicarle a ella que, hasta hace apenas un suspiro, este día era sinónimo de persecución, carreras delante de los grises y detenciones arbitrarias.
Hoy, el silencio tenso de la dictadura se ha transformado en la posibilidad real de una fiesta de la libertad. Ver a nuestra pequeña correr por el césped, en un Madrid que empieza a respirar sin permiso, es la prueba de que el tiempo de las sombras está quedando atrás. Lo que antes era un riesgo clandestino, hoy es un derecho que florece en democracia.
En la foto inferior: Correr por un derecho. Atocha, 1 de mayo de 1977. Todavía clandestinos, pero ya imparables. Ese día, aunque los sindicatos ya habían sido legalizados apenas semanas antes, el Gobierno de Adolfo Suárez prohibió las manifestaciones. En Madrid, la zona de Atocha fue escenario de fuertes cargas policiales y botes de humo, obligando a los asistentes a realizar «saltos» (manifestaciones relámpago) antes de dispersarse ante la llegada de la policía.