Uno de los momentos cumbres es el paso junto al Duraznero, cuyas cicatrices de 1949 nos recuerdan la juventud geológica de este paisaje. El descenso hacia Los Canarios es un ejercicio de resistencia para las rodillas, un zig-zag constante sobre terreno suelto que requiere concentración. Sin embargo, la vista del Volcán de San Antonio y el faro de Fuencaliente al fondo, como meta visual, ofrece una motivación épica. Es una ruta de contrastes térmicos y visuales, donde pasas del frío de la cumbre a la solana meridional en pocas horas.
Al llegar a Los Canarios, con el polvo volcánico impregnado en la ropa y la piel, queda la satisfacción de haber cruzado una de las cordilleras más singulares del mundo. No es la altura absoluta lo que define esta ruta, sino la magnitud de la geología que pisas. Es una experiencia de montaña pura, cruda y profundamente volcánica que exige respeto y regala una de las mejores panorámicas que un senderista puede encontrar en el archipiélago.